primera parte
El joven Koba se vio encandilado por los destellos de prestigio que esta maquina irradiaba. Al igual que muchos, en la vocación revolucionaria encontró el reconocimiento que no hubiera alcanzado en ningún otro lugar. Sin embargo, su ambición todavía es tan provinciana como el resto de sus aspiraciones. Los aspectos psicológicos del futuro Secretario General no muestran la personalidad del dictador, mas bien arrojan las características de un hombre que consciente de sus limites (escritor y orador mediocre, teórico escolástico y elemental, grosero y de modos bruscos para llevarse con los demás) se siente menos. Se siente menos que el comité dirigente de Tiflis, que los arrogantes emigrados rusos que le dicen a los que ponen el cuerpo en el país lo que tienen que hacer o que esos teóricos que pierden el tiempo en abstracciones que para él poco tienen que ver con el trabajo practico. Pero se siente superior a los obreros, eso sí. En 1903, en el medio de una discusión sobre la necesidad de una representación obrera en la dirección del centro georgiano bolchevique, el joven Koba llama a los trabajadores a que se pregunten “con una mano en el corazón” si existe entre ellos alguien capaz de hacerse cargo del enorme esfuerzo intelectual que presupone dirigir a la maquina. Poco importa que los mencheviques representen a la aplastante mayoría del movimiento socialdemócrata de Georgia, cuyo medio social pequeñoburgues y campesino aportó a los mas convencidos elementos de dicha facción (Tseretelli……), o que hubiera que desarrollar rápidamente a los dirigentes proletarios que pudieran, desde el corazón mismo de las fabricas de Tiflis o los pozos de Bakú, arrancar a las bases obreras de la influencia menchevique. Los estamentos partidarios no son terreno para las improvisaciones, un engranaje que no se acople inmediatamente no puede esperar a ser erosionado por los roces de la marcha. Semejante concepción tiene ribetes aventurescos en la mente de Koba. Porque ante todo, de lo que se trata es de preservar a la maquina.
“La mayoría de quienes han escrito sobre él aceptan su transición al bolchevismo como algo inherente a su carácter, como cosa evidente, natural. Pero tal concepto es definitivamente parcial. Cierto es que la firmeza y la resolución predisponen a una persona a aceptar los métodos del bolchevismo. Pero estas características, por sí solas, no bastan para decidir. Había muchas personas de carácter firme entre los mencheviques y los socialistas revolucionarios. Y, en cambio, entre los bolcheviques no era raro encontrar personas débiles de espíritu, La psicología y el carácter no lo son todo en la índole del bolchevique que, en primer término, es una filosofía de la historia y una concepción política. En ciertas condiciones históricas, los trabajadores son empujados en la ruta del bolchevismo por todo el cuadro de sus circunstancias sociales. Esto sucede con independencia de la solidez o flaqueza de los caracteres individuales. Un intelectual necesitaba intuición política excepcional e imaginación teórica, fe nada común en el proceso histórico dialéctico y en los atributos revolucionarios de la clase trabajadora, para ligar seria y firmemente su destino al del partido bolchevique en los días en que el bolchevismo no era más que una anticipación histórica. La mayoría preponderante de los intelectuales que se incorporaron al bolchevismo en el período de su auge revolucionario lo abandonaron en los años siguientes. Era más difícil para Koba alistarse, pero asimismo era más difícil apartarse de él, pues no tenía imaginación teórica ni intuición histórica, ni don de la previsión, del mismo modo que, en cambio, carecía en absoluto de volubilidad. En una situación compleja, frente a nuevas consideraciones, Koba prefiere esperar la ocasión, mantenerse al margen o retirarse. En todos los casos en que por necesidad ha de elegir entre la idea y la máquina política, invariablemente se decide siempre por la máquina. El programa tiene que crear primero toda su burocracia antes de que Koba pueda guardarle el menor respeto. Falta de confianza en las masas, igual que en los individuos, es la base de su naturaleza. Su empirismo le empuja siempre a elegir el camino de la menor resistencia. Por eso, en general, en todos los grandes momentos de crisis de la historia, este revolucionario miope adopta una posición oportunista que le lleva muy cerca de los mencheviques y, en ocasiones, hasta le sitúa a la derecha de ellos. Al mismo tiempo, está constantemente inclinado a favorecer las acciones más decididas para resolver los problemas que ya ha dominado. En todas las circunstancias, la violencia bien organizada le parece el camino más corto entre dos puntos. Aquí conviene bosquejar una analogía. Los terroristas rusos eran en esencia pequeñoburgueses demócratas, pero eran sumamente resueltos y audaces. Los marxistas solían decir a propósito de ellos que eran "liberales con una bomba". Stalin siempre ha sido lo que sigue siendo hoy: un político de la "mediocridad áurea" que no vacila en recurrir a las medidas más extremas. Estratégicamente es un oportunista; tácticamente, un "revolucionario". En suma, un oportunista con una bomba”
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miércoles, 25 de septiembre de 2013
Stalin, el oportunista con una bomba
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viernes, 20 de septiembre de 2013
Stalin, reseña de una biografía
(En las proximas semanas vamos a estar subiendo distintas biografias que tenemos en el tintero. Arrancamos por esta de Stalin, que vamos a entregar por partes, y que surgió de la lectura de la extensa biografía que escribió Trotsky sobre él en los años de su ultimo exilio en Mexico y que fuera él ultimo libro en el que estaba trabajando antes de su asesinato a manos de un sicario estalinista.)
En los años
de plomo que sucedieron a la derrota de la Revolución de 1905, las cárceles del
zarismo desbordaban de presos. En una de ellas, en la región petrolera de Bakú,
un joven bolchevique dedicaba sus horas al estudio del esperanto, que suponía
el idioma universal del porvenir. “A pesar del caos, de los ahorcados, de los
conflictos personales y de partido, la cárcel de Bakú era una importante
escuela revolucionaria. Koba destacaba entre los dirigentes marxistas. No
participaba en discusiones particulares, y prefería hablar en público, signo
seguro de que en educación y experiencia Koba era superior a la mayoría de sus
compañeros de prisión (…) Así aprendemos más de la vida de Koba en la cárcel
que de sus actividades fuera de ella. Pero en ambos sitios sigue siendo fiel a
sí mismo. Entre discusiones con los populistas y alguna que otra charla con
atracadores, no se olvidaba de su organización revolucionaria. Beria nos
informa de que Koba consiguió establecer contacto regular desde la cárcel con
el Comité de Bakú. Esto es muy posible: donde no había separación entre presos
comunes y políticos, y éstos comunicaban entre sí, era imposible quedar
totalmente aislado del exterior. Uno de los números del periódico ilegal se
preparó en su totalidad dentro de la prisión. El pulso de la revolución, aunque
muy debilitado, continuaba latiendo. La cárcel puede no haber estimulado el
interés de Koba por la teoría; pero tampoco quebró su espíritu combativo”. Del otro
lado del mundo y del tiempo Leon Trotsky se lanza en su última cruzada contra
los sepultureros de la Revolución de Octubre. Su pluma es un bisturí sobre la
carne y el alma de José Stalin, que desde el Kremlin espera impaciente la
confirmación de su asesinato. En toda la Unión Soviética no queda vivo un solo
militante de los años heroicos del bolchevismo. La biografía de Stalin explica
por qué.
No tiene ni
30 años el hombre que desde los 13 reniega de los amos y los dioses, pero ya ha
vivido la represión, las detenciones e interrogatorios de la orjana, el destierro y otros gajes del
oficio. La mayoría de los aspectos fundamentales de su vida no disciernen de la
mayoría de otros bolcheviques de la época. “Era la época de la gente entre los dieciocho y los treinta años-escribe
Trotsky. Los revolucionarios de más edad
eran pocos y parecían viejos. El movimiento, hasta entonces, carecía en
absoluto de vividores, vivía de su fe en el futuro y de su espíritu de
sacrificio. No existía aún rutina, fórmulas estereotipadas, gestos teatrales,
trucos oratorias hechos de antemano. La lucha, naturalmente, era sobrado
patética, tímida y torpe. Hasta las palabras "Comité",
"Partido", eran cosa nueva, con una aureola de frescura primaveral, y
sonaban en oídos jóvenes como inquietante y seductora melodía. Quien se afiliaba
en una organización sabía que le esperaba la cárcel seguida del destierro a
pocos meses de plazo. El colmo de su ambición era estar en la brecha el mayor
tiempo posible antes de ser detenidos; mantenerse firmes frente a los
gendarmes; aliviar en lo posible la situación de los camaradas; leer, durante
la prisión, el mayor número posible de libros; escaparse cuanto antes del
destierro al extranjero; adquirir allí conocimientos útiles, y volver después a
la actividad revolucionaria dentro de Rusia”. Todos perseguían el mismo sueño, y en su nombre
declararon que la clase obrera no podría emanciparse sin una dirección que
encabezara la lucha por el poder. Pero una dirección revolucionaria no es un
gabinete de iluminados que digita desde las alturas los desafíos del porvenir.
No. Para dirigir las energías colosales de toda una clase social hacen falta
mucho mas que un programa correcto o que una política acertada.
En principio,
hace falta que esa dirección disponga de todos los medios a su alcance para llegar
a las masas obreras: periódicos e imprentas clandestinas con sus cajistas y tipógrafos,
comités de redacción y repartidores; agitadores anónimos con los rostros
cubiertos que lancen proclamas incendiarias a los trabajadores en el descanso y
bolcheviques tapados que evadan a los soplones y les abran las puertas de las
fabricas; hacen falta nexos secretos con los liberales democráticos e intelectuales
radicales para que coticen a la causa revolucionaria y también grupos menos
diplomáticos que descarguen bombas sobre las diligencias de caudales para
desangrar las arcas del zarismo; hombres
y mujeres que atraviesen las fronteras cargados de pasaportes falsos, dinero,
credenciales, borradores, folletos, cartas y minutas; sobre todo hace faltan que
esos hombres se multipliquen por miles entre las filas obreras, que convenzan a
otros de que la lucha es inevitable y la victoria posible, que sus mejores
elementos avancen en el estudio de la teoría marxista y de la historia, de la
dialéctica y la economía. No pocas veces estos estudios se dictan al mismo
tiempo que muchísimos de ellos aprenden a leer. Hacía falta, en fin, un
Partido. Y el partido, esencialmente, es una maquina. En tanto manifestación
material de una voluntad colectiva, tal vez la mas poderosa de todas.
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miércoles, 21 de agosto de 2013
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